El mensaje no entiende de medios. A día de hoy, lo on y lo off ya están lo suficientemente conectados e implementados en nuestra sociedad, como para continuar sesgando los planos y definiendo dos ámbitos de conversación.
Marcas y personas ya conviven en un entorno de comunicación integrado, en el que los medios se combinan, se hacen móviles, versátiles e hibridan sus contenidos a través de nuevas formas de contacto.
La tópica comunicación 360º -concepto bajo el que se definía un modelo de estrategia global off y on- ya ha pasado a la historia. La integración de los planos de contacto y conversación con el público la han transformado en un modelo -de ida y vuelta- al que podríamos definir como comunicación en 720º. El mensaje se articula y adapta al medio, pero actúa de forma combinada en todos los entornos. La construcción de contenidos agrupa y combina las plataformas, los extrae de su entorno habitual y los hace trascendentes más allá de las barreras mediáticas. Así, no resulta extraño ver cómo acciones creadas para un entorno off line, se digitalizan y viralizándose a través de las redes, y viceversa.
La comunicación avanza rápidamente hacia un entorno de contacto único. Las estrategias de campaña están dejando de marcar diferencias entre actitudes 1.0 y 2.0.
A pesar de las apariencias, 'el mensaje siempre ha sido el mensaje', y la articulación del discurso de marca hoy cuenta, además, con un aliado perfecto: la tecnología.
Una tecnología que está volcada en acercarnos hacia ese internet de las cosas, que nos permitirá interactuar, natural y cotidianamente, en una única realidad conectada. Una 'realidad sintetizada' -que no sintética-, donde ya no necesitaremos acceder a los mensajes, porque éstos formarán parte de nuestra vida cotidiana.
Ahora es importante asumir ese único entorno, y al hacerlo accederemos a un nuevo plano creativo, en el que la fusión de medios nos permitirá desarrollar mensajes mucho más impactantes, atractivos y que colaboren en un fortalecimiento de los valores sobre los que se sustenta el posicionamiento de las marcas.
No olvidemos que las formas cambian, pero los valores siempre prevalecen.
El objetivo de las marcas en la comunicación 2.0 tiene que tratar de generar valor, que conduzca a la identificación del usuario con éste y que culmine con la venta.
Amontonar contenido sin ton ni son no es, sino un mera forma de capturar una atención fugaz. La acumulación desplanificada de dichos y hechos, forma un amasijo de mensajes, carentes de sentido y dirección, que no colaboran en la ratificación de un posicionamiento coherente de las marcas.
Rellenar espacios -al estilo de los malos estudiantes, que completan los test al tuntun, sin ni siquiera plantearse una breve reflexión razonada- sólo sirve para acumular perfiles saturados de banalidades, que terminarán aburriendo al respetable y perderán todo su sentido.
Comunicar es mucho más que generar contenido. Porque la base sustancial de toda interlocución es tratar de articular un mensaje que interese, que incite a la conversación y a su difusión y, sobre todo, que amplifique la cadena de valores con la que se posiciona una marca.
Ratificar y poner en valor esas potencialidades de marca -que la destacan y singularizan- es, sin lugar a dudas, el pilar fundamental sobre el que se debe articular una estrategia que busca proyectarse y consolidarse en la mente del usuario.
A partir de esa base, la creatividad será la encargada de rodear el argumento de los aspectos colaterales necesarios para generar la necesaria emoción y empatía, que canalice la atención y la fidelidad del público.
Comunicar es mucho más que contar algo... Porque no es lo mismo generar contenidos de marca que crear una marca con contenidos...
Nunca olvidemos que el objetivo de comunicar también es generar valor.
Intentar, proponer, emprender, hacer o, simplemente, tratar de comunicar, está sujeto a los riesgos de cometer un error. Ya se sabe que el que tiene boca se equivoca y, en esta vida, toda iniciativa que propongamos se somete a la incertidumbre del riesgo, y nos mediatiza desde el principio hasta el final.
El error forma parte de nuestro aprendizaje vital. Las equivocaciones -salvo las fatales- terminan por generarnos una coraza de experiencia que nos ayuda a levantarnos, rectificar y replantear nuestras propuestas.
Y ese ineludible proceso de aprendizaje, también es inherente a la vida de las marcas que abordan su inmersión en las procelosas aguas de la comunicación 2.0. Al hacerlo, deberán asumir esa parte de riesgo que supone adentrarse en un formato de comunicación en pleno proceso de gestación. Y, deberán hacerlo, porque los constantes cambios tecnológicos y la rapidísima evolución del público -cada vez más numeroso y exigente- plantean un escenario voluble y poco explorado, en el que los niveles de riesgo se disparan.
Ahora bien, la experimentación no es mal recibida por parte de los usuarios. La cadencia prueba-error, no es criminalizada con excesiva saña y se llega a valorar, incluso, el simple hecho de intentar hacer algo diferente, aunque no funcione. A diferencia de la mentira, a la que nadie le concede la mínima tregua, el error cuenta con un pequeño margen de consideración... suficiente como para poder volver a intentar levantase.
A los miedos, que muchas empresas muestran ante la toma de decisión de abrirse al diálogo con los usuarios, la mejor respuesta es el ejemplo de aquellos que, a pesar de haberse equivocado -en ocasiones, hasta varias veces- han sabido resurgir de sus cenizas, cual Ave Fénix, y remontar el vuelo.
En definitiva, para aquellos que los temores les inmovilizan, retraen o incomodan, recordarles que la mejor respuesta ante un fracaso es... reconocerlo y volver a intentarlo.
Todos tenemos un lado oscuro, íntimo, privado e intransferible... Una parte de nuestra vida que no publicitamos y que procuramos guardar, bajo clave, en lo más profundo del disco duro de nuestra memoria...
Todos tenemos alguna historia que nos avergüenza, nos ruboriza o nos enternece en exceso -demasiado como para mostrar nuestra excesiva sensibilidad ante los demás-... Todos, inexcusablemente, escondemos al menos un secreto... o, más.
Y ese es nuestro tesoro mejor guardado.
Protegido por la fortaleza de nuestro criterio íntimo, lo protegemos y escondemos para que la imagen que proyectamos de nuestra personalidad pública no se vea alterada por detalles que pudieran distorsionarla en nuestra contra.
Pero en ocasiones, ocurre que el misterio se desvela. Ocurre que esa parcela situada en el lado oscuro de nuestra vida, sale a la luz. Y entonces nos enfrentamos a la mordad y cruel realidad de aparecer desnudos ante los demás.
No es extraño descubrir cómo este tipo de situaciones son cada vez más habituales en el entorno de las redes sociales. Fotos comprometidas que nos etiquetan, comentarios lanzados a los cuatro vientos por casuales espectadores de nuestra verdad, capturas de vídeos no autorizadas, un twiteo desacertado que nos destapa, un comentario que nos delata, un mail que llega a un destino equivocado... En definitiva, un sinfín de ocasiones que violan nuestra intimidad y que pueden ponernos a los pies de los caballos de un público ávido de morbo.
Y hay que tener siempre muy en cuenta que esto puede ocurrirnos a todos. Tenemos que ser conscientes de que nuestra verdad se escribe a diario -y no sólo por nosotros-, y que la gestión de nuestra intimidad es una cuestión prioritaria que hay que tener muy en cuenta a la hora de construir y definir nuestra marca personal.
Contar lo justo, es la medida adecuada. Hacerlo significa que debemoscuantificar el nivel de exposición y los valores personales que queremos mostrar.
Si nos quedamos cortos, probablemente no seremos capaces de generar la confianza necesaria para ser percibidos como 'interesantes'. Si nos pasamos de largo, posiblemente nos conviertan en el monigote de pim, pam, pum, al que todo el mundo sacude y al que nadie valora con seriedad.
La irresponsabilidad de lanzarse a una exposición irreflexiva de nuestra personalidad puede salirnos muy caro. Lo que hoy nos puede parecer una nimiedad, mañana puede transformarse en nuestro Talón de Aquiles. No será la primera vez que a alguien le niegan un trabajo por el simple hecho de tener unas fotos inapropiadas (a los ojos del contratador) en el perfil de Facebook. No será la última vez que a alguien le sale un grano curricular por haberse dejado grabar en situación comprometida en una fiesta con amigos...
Seamos serios y, sobre todo, responsables. Las redes son un lugar de exposición pública, y es importante recordarlo permanentemente para evitar efectos indeseados.
No olvidemos nunca que si queremos proteger nuestra imagen personal, hay cosas que son demasiados buenas (o malas) para contarlas... o para que otros las cuenten.
Para generar empatía, nada mejor que comunicarnos con-tacto.
Ser capaces de transmitir un mensaje empático, que trascienda más allá de las palabras y supere las barreras de lo puramente conceptual, encuentra su herramienta aliada en algo tan simple como el contacto físico.
La oxitocina, esa maravillosa hormona que nos sitúa en el umbral físico del placer, es la responsable de que los vínculos emocionales entre las personas se consoliden, afianzando la relaciones de empatía mutua.
Y lo 2.0 tiene, sin duda, una grave carencia de oxitocina. Un déficit hormonal que dificulta sobremanera el establecimiento de lazos de relación bien consolidados. De esta forma, aquellos que tratamos de plantear acciones que sitúen a las marcas en ese idílico escenario de relación dialogada con los clientes, deberemos de tratar de generar un sucedáneo sintético de la hormona del amor, que nos ayude a generar esa 'atracción fatal' que derive en una 'relación pasional' consolidada.
En más de una ocasión he escuchado que 'bailando se liga más, porque el contacto libera esa oxitocina maravillosa que nos arrebata'. Pues bien, hagamos que nuestra comunicación nos traslade a ese estadío de predisposición mutua. Transportemos a nuestros interlocutores al espacio en el que las sensaciones se disparan, los sentimientos afloran y las pasiones se comparten.
Probablemente, intentarlo nos lleve a la necesidad de trasladar nuestro mensaje al espacio de realidad tangible. Seguramente, necesitaremos derivar nuestros valores a un entorno más directo, en el que los ojos hablen sin decir, la manos dibujen sin papel y la comunicacion se transforme en un baile para dos.
Eso sí, nunca olvidemos que la comunicación de contacto siempre debemos plantearla con mucho tacto.
No hay posibilidad alguna de que esta acción que hoy acompaña al post deje a alguien indiferente...
La 'experiencia' a la que se somete al público asistente a la sala de cine, así como a quienes lo vemos desde el otro lado de la pantalla del ordenador, es de tal nivel de intensidad emocional que, inevitablemente, impacta, cala y hace mella en nuestra memoria.
Bajo un planteamiento disruptivo, la acción juega magistralmente con los niveles emocionales del público, transportándolo a través de una historia cotidiana hasta situarlo en una posición de 'impotencia manifiesta' ante los acontecimientos.
La génesis de la angustia de una madre, que ve impotente como se axfisia su hija en sus brazos, genera un vínculo de empatía tan fuerte con el público que permite que éste termine celebrando la resolución del drama, como si realmente hubiese ocurrido.
Genial muestra de creatividad y talento firmado por la Asociacion inglesa StJohnAmbulancey que, a buen seguro, habrá conseguido que mucha gente se plantee informarse sobre la necesidad de saber cómo hay que reaccionar ante este tipo de dramáticas situaciones... Mucho más habituales de lo que creemos, por cierto.
Ya no basta con parecer atractivo, ahora también hay que serlo...
El marketing de contenidos se convierte, gracias a la comunicación 2.0, en un fuente de valor para las marcas. Pero, además, también en una herramienta de segmentación imprescindible.
El contenido siempre ha sido un elemento fundamental en las estrategias de comunicación. Actualmente podemos afirmar que se está constituyendo como 'el factor vertebral' para las mismas. Atrás quedan los mensajes directos dirigidos a un público más o menos preseleccionado. La democratización de los canales sociales de relación, impulsada por la implementación de la red en nuestras vidas, ha derivado en la consolidación de una mecánica de trabajo mucho más compleja y, al mismo tiempo más apasionante, para marcas y usuarios.
Ahora el contenido se sofistica, se expande y dimensiona más allá de las tradicionales barreras de tiempo y espacio que marcaba la publicidad convencional. El valor de marca se articula de forma mucho más rica y amplia, construyéndose a través de fórmulas de seducción basadas en la creación de experiencias memorables para el público. Ya no hay un único impacto que despierta el interés. Ahora es la suma constante y multiplicadora de diferentes impactos, la responsable de definir la personalidad de una marca, de un producto o, también, de una persona.
En buena parte, 'somos lo que contamos'. Y bajo esta premisa, la comunicación se consolida como un proceso evolutivo en el que el argumentario de valores se sucede de forma constante, en aras de definir nuestra personalidad. Y esa suma es la que dará forma a la segmentación inversa de nuestro público -que ha dejado de ser un mero espectador, gracias a su capacidad de interacción-. Ya no seremos nosotros los exclusivos directores de nuestro aforo, sino que será el propio público el que decida, en base a lo que comunicamos, si merecemos o no su atención y valoración.
Esto que parece que puede poner en peligro la estrategia de marca es, sin embargo, una oportunidad única para dimensionarla más allá de lo previsible. La inmensidad del campo de trabajo en el que nos movemos, favorece la incorporación de segmentos de público no previstos, ampliando la oportunidad de fidelizarlos y, lógicamente, de convertirlos en clientes.
Se produce un retroalimentación del mensaje muy interesante, ya que las aportaciones extraídas de las mediciones y análisis de nuestras audiencias y sus opiniones nos permitirán moldear los contenidos, adecuando nuestro 'fondo de armario de mensajes' a las expectativas del aforo.
La comunicación debe transformarse en una herramienta muy dinámica, moldeable y versátil, que nos ayude a reconstruirnos y adaptarnos de forma ágil ante las posibles variables que emanen del proceso de comunicación. Hay que ser capaces de generar el contenido preciso en el momento justo y, además, hacerlo de tal manera que sigamos incorporando 'el factor sorpresa' como argumento diferencial y generador de corrientes de empatía.
El público es el que selecciona en base a lo que somos capaces de sugerirle, así que lo importante es darle los argumentos necesarios para que en los parámetros de sus decisiones cuente con nosotros.
Está claro. A más y mejor contenido, más posibilidades.
En ocasiones, las apariencias engañan... pero, por poco tiempo.
Inmersos en la vorágine del cambio de formas (que no de fondos) en el modelo de comunicación de las marcas y las personas, es habitual comprobar los desajustes que se producen cuando se confunde el tocino con la velocidad.
Aquellos que piensan que la comunicación digital es una buena herramienta para vestirse de sedas lujosas y camuflar el déficit de valor estructural de la personalidad, se equivocan. Y el error es creer que la ausencia de 'contacto' físico puede anular la propia realidad.
La comunicación 2.0 es tan real como la vida misma. La supuesta barrera de virtualidad que se impone en un formato de relación diferido a través de la pantalla de un ordenador, no existe.
Cada uno de nosotros -seamos marcas o personas- somos en la red una mera proyección de nuestra propia verdad, o de nuestra propia mentira. Difícilmente podremos esconder nuestras miserias si realmente entablamos esa necesaria y vital conversación con el público, porque la mentira nos delatará. Así que, aquellos que se postulan como detractores de la imagen virtual, y que se dedican a denostar los valores que ésta puede aportar a su personalidad 'real', se equivocan.
Porque, en realidad, no hay dos mundos independientes, sino líneas que parten desde un mismo punto y que tienden a confluir. Virtualidad y realidad forman parte del un mismo 'todo' que nos identifica y retrata. Cada día más, ambas partes se conjugan en un mismo compendio de valor personal y/o de marca. Ser uno mismo, con nuestras virtudes y defectos, se constituye -y no me cansaré de repetirlo- como la única verdad posible para poder interactuar y trascender.
Del mismo modo que hasta ahora, aquellos que hacen del 'engaño' la esencia de su 'ser' son descubiertos y penados (más tempano que tarde) por aquellos a los que trataron de tontos, en la nueva dinámica social integrada surgida con la comunicación 2.0, pasa lo mismo: se sigue pillando antes a un mentiroso que a un cojo.
Ahora bien, el modelo 2.0 puede aportar una parte muy importante de 'valor extra' a la personalidad, y que en el formato tradicional resulta mucho más complejo de conseguir. La democratización del contenido y la difusión de éste que permite la red es, sin lugar a dudas, una herramienta de valor incalculable para lograr impulsar la imagen personal y de marca.
'Compartir' es la palabra mágica sobra la que gira este nuevo pilar maestro del valor de la personalidad. Y, al hacerlo, ponemos al servicio de los demás una importante fuente valor, de conocimiento, de emoción y de experiencia que contribuye a fortalecer el retrato de nuestra identidad.
Pero, 'compartir' significa 'dar sin esperar nada a cambio', y eso supone un esfuerzo de tiempo, trabajo y lógicamente dinero (el tiempo es oro), con el que muchos no están dispuestos a contribuir.
Es ahí donde se produce una de las fracturas más habituales entre lo que somos y lo que estamos dispuestos a ser... Ahí es donde aquellos que lo único que buscan en la comunicación 2.0 es sacar partido económico lo más rápidamente posible, caen en el error de tratar de manipular la verdadera esencia que mueve la socialización en la red, tratando de transformarla en un mercado de intereses personales o de marca...
Está claro que la comunicación 2.0 va a constituirse, indefectiblemente, en la principal herramienta de venta. Es tan evidente que ya resulta innegable. Pero la mecánica de trabajo difiere sustancialmente del tradicional modelo que busca la inmediatez de resultados.
El valor de la confianza, del nivel de empatía entre las partes, la identificación de roles mutuos y de valores compartidos, forman parte de ese nuevo discurso de venta. Las personas y las marcas deben asumir esa parte free, sin costes, que supone presentarse a través de su valor emocional y entablar una relación limpia con el público. Y deben consolidarla sin prisa, pero sin pausa... Y si así lo hacen, más pronto que tarde, triunfarán.
Ahora bien, todavía nos queda un largo trecho en el que debemos compartir mucho y aprender más. Un trecho que seguirá estando salpicado por las estratagemas de quienes tratan de defender su supuesto 'status de liderazgo 1.0', a base de tratar de menospreciar el potencial del nuevo formato, de tratar de manipularlo a su antojo e interés y de desvirtuar su valor como plataforma de mercado...
Pero no debemos preocuparnos: los clientes no son tontos.
Casualmente, esta misma mañana he tenido la oportunidad de compartir charla con Nicko Nogués en el desayuno creativo organizado por el Club de Marketing de La Rioja. Y, en el transcurso del mismo, Nicko señalaba lo impresionante que sería poder ver, en una gran cartel, todo el histórico de nuestro muro en Facebook.
Una sucesión inmensa de retazos, retales y momentos únicos que tienden a perderse en la memoria infinita de la plataforma digital, y que compondrían el impresionante mosaico de nuestro currículum vital-digital.
Pequeñas historias parciales y sesgadas, que componen una gran historia -la nuestra, la de cada uno de nosotros-, y que aglutinan en su esencia el profundo cambio que supone vivir en una sociedad virtual compartida, en la que se entrecuzan y transfieren los signos vitales de millones de personas.
Ahora, unas pocas horas después de ese momento de intercambio de ideas apasionado y gratificante, y tras unos cuantos apuntes nuevos en nuestros respectivos muros de la red, descubro un libro que hace realidad el concepto debatido. Descubro un contenedor tangible que recoge el histórico generado en ese nuestro espacio virtual de conversación, y que permite comprobar el efecto de lo que hace unas horas era una simple sugerencia para nuestro imaginario.
No se si es realmente un libro de verdad, una ficción publicitaria o, simplemente, una casualidad del destino. Lo cierto es que me da igual. Porque descubrirlo, me ha hecho ver que aquello que suponíamos que tenía que ser espectacular, realmente lo es.
La superficialidad con la puede parecernos que actúan no es sino un mero reflejo de la propia superficialidad con la que les observamos y juzgamos...
Todos -o, al menos, la mayoría- añoramos nuestra etapa de juventud: desenfadada, alegre, vital, emocional, descreída... Pero el tiempo, maldito tiempo, nos moldea y nos convierte en seres programados, que ajustamos nuestras agendas al ritmo que marca el compás del día a día. Y nuestra visión sesgada, torticera y envidiosa, de su juventud, manipula nuestro criterio y nos convierte en una especie de jueces hipermétropes, que dictan sentencia a través de una percepción errónea.
Los jóvenes son el futuro... Un futuro que debe ser suyo, y no nuestro. Un futuro que ahora se escribe en lenguaje confuso, claves ilegibles y sobre soportes que nos cuesta manejar.
Estamos anclados en un futuro -el nuestro- que para ellos ya es el pasado. Y comprender esta circunstancia debe llevarnos al análisis y la reflexión pausada.
Comunicarnos con esta emergente generación de rebeldes con causa -porque tienen causa, aunque no seamos capaces de verla-, significa que debemos ahondar en la síntesis de su personalidad; abrir nuestra mente a sus deseos y aspiraciones; sumergirnos en ese cambio de paradigma colectivo que surge con fuerza desde el seno de su propia red social... Porque no hay otro camino. Hay que 'ponerse en su lugar', forzar la máquina para empatizar y compartir... Para interactuar y, así, poder dialogar.
El vídeo que hoy acompaña este post es una magnífica muestra de ese análisis profundo y de la consecuente y necesaria reflexión pausada. Un vídeo que plasma magistralmente las conclusiones de un estudio realizado por Box 1824 -una empresa especializada en el estudio de hábitos, tendencias y comportamiento de los consumidores-, y que aporta una visión sobre las diferentes etapas de la vida, poniendo sobre el tapete la importancia de comprender las principales características de cada generación. Asimismo, se subraya la necesidad de entender e interiorizar la evolución como parte fundamental para la creación del discurso generacional, el valor de la influencia y las claves para desarrollar el poder de compra.
Un gran trabajo, y una buena excusa para recordarnos que el conocimiento del perfil del consumidor es la clave, sí o sí, para el éxito en las estrategias de marca... Información (comprensión) es poder, no lo olvidemos.
A lo largo de muchos años, los profetas se encargaron de anunciar la llegada del salvador de los hombres (¿campaña teaser?)... Un ángel anunció la buena nueva a los pastores (¿word of mouth?)... Una estrella guió a los reyes magos hasta Belén (¿geolocalización avanzada, google maps?)...
Los camiones por nuestras calles, cargados con las habituales y horteras lucecitas de colores, anuncian su inminente llegada... El rodaje del anuncio de la Lotería -sin el calvo- pregona el momento mágico a los cuatro vientos... Se acerca... Llega esa época de amor fraternal, paz y... tópicos.
El Corte Inglés da la salida y todos nos lo creeremos.
Los anuncios de juguetes nos saturarán -de hecho, ya lo hacen-.
Sacaremos del trastero las figuritas del belén de marras.
Al hijo/a, soldado/da, ingeniero/a, marinero/a... que estudia o trabaja lejos de casa le llega el momento de volver con un turrón debajo del brazo.
Los niños de San Ildefonso afinarán sus voces para brillar en su minuto de gloria.
Una estrella -mediática, of course- brillará entre las glamourosas burbujas del champán.
El gabinete de su majestad preparará el tradicional discurso, que nos llenará de orgullo y satisfacción en la noche más buena del año...
Las tiendas se engalanarán con espumillones y nieve sintética, y los balcones serán invadidos por repelentes muñecos trepadores.
Los vecinos lucharán por convertir sus hogares en referencias lumínicas intergalácticas que, al final, terminarán confundiendo a los aviones y nos darán un disgusto.
Se impone el buen rollo por todas partes -aunque no sabemos muy bien por qué-.
Todo el mundo espera la anhelada extra de Navidad -menos los funcionarios, que este año estarán, 'por ciento', bastante más descontentos-...
Tendremos que aguantar al jefe cabroncete, reconvertido en tío guay por una noche, en la cena de empresa.
En las emisoras desempolvarán los tópicos hit parade de zambomba y pandereta...
A pesar de su absurdo, resistirán los sms chorrillas, con gracietas políticamente incorrectas, que inundarán nuestros teléfonos, o, como alternativa, esos vídeos virales en los que tu cara aparece pegada al cuerpo de un ciervo bailón...
Volverá el debate para decidir entre cotillón o parranda callejera en la última noche del año.
Se admiten apuestas para ver cuál será el primer anuncio del año -sólo valen los canales generalistas-.
Belén Esteban ya estará preparándole el pollo asado a su hija para que esté cenada a la hora de la uvas.
Subirá el precio de las angulas, y el del marisco, y el del solomillo... bueno, no nos engañemos, subirá todo...
También seguiremos pensando que a los que les toca la lotería son actores -que el sorteo es un timo y no toca a nadie-.
Lanzaremos constantemente insinuantes indirectas para ver si un alma caritativa nos regala el iPad, o el iPhone4, o el MacBook Air...
Nos plantearemos dejar de fumar -esta vez creo que no va a haber más remedio-, y miraremos -sólo miraremos- un gimnasio para empezar a hacer deporte... pero después de Navidad, porque ahora es absurdo quitarse de comer, beber y ...
En definitiva... Vuelve la Navidad... Vuelven los tópicos y los meses dorados de la publicidad.
Aunque, por cierto ¿qué se supone que anunciaba el ángel a los pastores?
Inicialmente, ponerle límites a la creatividad no es una buena receta para conseguir grandes cosas. Las ideas deben fluir libres en su origen, para luego modelarse y adaptarse a las diferentes necesidades de posicionamiento y de proyección de valor de la marca.
Pensar a lo grande nos permite dimensionar nuestra imagen más allá de lo previsible, y nos conduce a un escenario mucho más ambicioso sobre el que poder desarrollar las estrategias de marca.
Pero, pensar a lo grande no implica hacer 'grandes cosas', invertir en enormes dispendios económicos y algarabías publicitarias que quiebren nuestra capacidad económica... Ni mucho menos.
Pensar a lo grande implica transgredir los límites de los complejos de inferioridad endémicos que nos limitan, y proyectarnos a través de una personalidad dinámica, ambiciosa y creativa. Y, actuar de esta manera no tiene por qué suponer pensar en grandes presupuestos, ni en acciones espectaculares que trasciendan los límites de lo razonable. Simplemente, es poner en escena, de manera singular y trascendente, una personalidad que va mucho más allá de los aspectos puramente economicistas.
Pensar a lo grande es, simplemente, trasladar a nuestra realidad cotidiana la aspiración legítima de ser una marca con ambición que compite, sin complejos y con inteligencia e imaginación, en un mercado cada vez más grande, basto y difícil. Un posicionamiento que permitirá que la percepción que el público tiene sobre nosotros, se magnifique exponencialmente.
Está claro, no hay marcas pequeñas... hay mentalidades pequeñas.
Hoy ha sido un día duro e intenso pero, a pesar de lo tardío de la hora para cumplir con mis deberes en el blog, no me puedo resistir a compartir esta nueva iniciativa de la conocida marca de vozka Absolut.
Impactante, sugerente, corporativa... La idea de trasladar al transeúnte hacia una experiencia onírica, aunque tangible y cercana, es tremendamente atractiva. Máxime, cuando la puesta en escena es tan brillante como la que hoy nos ocupa.
Una vez más, la imaginación y el buen hacer de una ficción de marca, mejora sustancialmente la realidad...
Contundente, inteligente, irónica, brillante, irreverente, eficaz... Son muchos los apelativos con los que se puede definir está campaña gráfica, creada por la agencia Leo Burnett Ucrania para la promoción del Certamen Publicitario de la ADC*UA (Asociación de Directores de Arte de Ucrania).
Tomando como protagonistas a los miembros del jurado de dichos Premios -conocidos directores creativos y de arte de diferentes agencias-, la campaña pone sobre el tapete la necesidad de valorizar la cita, tratando de convocar exclusivamente a las mejores campañas del año. Para ello, nada mejor que elevar el listón, planteando un agresivo mensaje en el que el 'amor de madre' se deja a un lado, y el jurado se nos presenta como un grupo de voraces críticos que no van a tener piedad con los concursantes.
El planteamiento creativo es sobresaliente, ya que se permite el lujo de poner en carne publicitaria la cara divertida y sátira de la profesión. No cabe la menor duda de que ningún miembro del jurado se podía negar a hacer esto, porque ya se sabe que hay que predicar con el ejemplo.
Señores clientes, como podrán comprobar, a los publicitarios no les duelen prendas, ni les entra el ridículo cuando se trata de asumir campañas 'diferentes y transgresoras'. La buena comunicación es como la vida misma... A veces, es cuestión de 'puro teatro'.
Vuelve el clásico... Pepsi y Coca Cola vuelven a enfrentarse en una nueva entrega de publicidad comparativa. El humor, el buen gusto y la inteligencia se convierten, una vez más, en las herramientas para dirimir un conflicto de valores.
Independientemente de quién gane la batalla final, el planteamiento es, sin lugar a dudas, un magnífico ejemplo de cómo convertir la competitividad en fuente de buenas ideas publicitarias. Frente al hartazgo que puede provocar el exceso de publicidad convencionalizada, excesivamente agresiva y creativamente plana -característica de las campañas que enfrentan productos-, este tipo de propuestas rompe la monotonía del típico mensaje basado en un dato diferenciador. Y lo hace, sin necesidad de entrar en excesivas honduras, ni agresividades desmedidas... Simplemente, el enorme potencial de la inteligencia, la creatividad y la fina ironía son suficientes para poner en valor el perfil de la marca que firma el spot.
Esto es una guerra de marcas, sí... Pero, bienvenida sea por su incruenta genialidad. Que siga la batalla, por favor.
Que no veas algo no significa que no esté ahí... Hay que ver para saber.
El hecho de taparnos los ojos o los oídos, o ambas cosas, nos puede llevar al equívoco de creer que -como no nos enteramos- las cosas fluyen sin problemas; que la tranquilidad que nos aporta el desconocimiento es beneficiosa para nuestra salud.
Ya se sabe que no es extraña la postura de mucha gente que no acude al médico porque le da pavor que le detecten alguna enfermedad grave... No es raro que esto ocurra, pero es de un nivel de estupidez, tan manifiesto, que de temerosos de la verdad está el cementerio lleno.
En comunicación 2.0 pasa lo mismo -aunque, por suerte, cada vez menos-. La comodidad de no querer saber qué se cuece alrededor de nuestra marca en las redes, puede estar derivando en un cáncer doloroso y crítico, que se manifiestará cuando su 'curación' sea muy compleja y costosa.
Tener miedo a las críticas -característico de quienes sólo ven la parte negativa del proceso de comunicación- es una postura muy poco inteligente. Las críticas son -normalmente- el reflejo de nuestros errores, y no atenderlas significa que seguiremos estando equivocados en el futuro o, lo que es lo mismo, que nuestra ignorancia nos llevará a una progresiva e inconsciente pérdida de valor de nuestra marca.
Hay que perder el miedo a escuchar. A día de hoy, es fundamental mantener los ojos y los oídos abiertos a todo aquello que nos afecta. Y no sólo me refiero a las voces críticas, sino también a los movimientos que realizan nuestras marcas competidoras.
Información es poder. Y la red es una fuente constante y 'sonante' de valor y poder.
Una labor de escucha bien canalizada nos permite disponer de la capacidad de reaccionar a tiempo. Nos ayuda a maniobrar ante una amenaza en nuestro segmento de mercado, ante una crítica de un usuario o, simplemente, nos permite descubrir y analizar, insitu, nuestro nivel de valoración y relevancia social.
Abrir los sentidos a la red implica dar ese salto cualitativo que nos permite romper la barrera del miedo. Enfrentarnos a un nuevo reto, en el que la detección a tiempo de las oportunidadesy de los problemas, nos permitirá establecer un esperanzador diagnóstico precoz de la situación y aplicar, de forma rápida, la vacuna necesaria.
Es un hecho que la comunicación 2.0 es una revolucionaria y eficaz terapia preventiva para las marcas. Y estoy tan convencido de ello, que no me cansaré de repetirlo. 'Más vale prevenir, que curar'.
Con motivo de la celebración de su décimo aniversario de presencia digital, RalphLauren.com presenta la fusión definitiva de arte, moda y tecnología, a través de una fiesta para los sentidos.
El edificio situado en el número 888 de la Avenida Madison desaparece ante los ojos de los espectadores y se transforma en una inmensa pantalla de proyección polidimensional. Espectacular.
Ojo al dato...La apariencia sólo nos identifica ante los demás en un primer momento. La acumulación de información posterior a ese 'primer vistazo', es la que realmente irá determinando la percepción que los demás tienen sobre nosotros y, lo que es más importante, mediatizará nuestra relevancia y posición en el entorno social.
La conocida afirmación que dice que 'aunque la mona se vista de seda, mona se queda', es hoy tan válida, o más, que cuando se dijo por primera vez. El aparente pseudoanonimato con el que nos movemos a través de las redes sociales, puede llevarnos a caer en el error de pensar que podemos crear una especie de 'ilusión de marca personal' que oculte nuestros defectos y magnifique nuestros valores...
Pero no es así. Tarde o temprano, nuestra realidad -la de verdad- acabará destapándose. Y si esto ocurre, caeremos en la cuenta de que el error cometido nos pasará una factura difícilmente pagable: la mentira y el engaño son raramente justificables y perdonables.
'Ser uno mismo' es la receta para lograr consolidar una marca personal coherente, fiable y relevante. Hacer gala de nuestra verdadera personalidad es el principal valor que nos distingue ante los demás. Y para conseguirlo, lo primero que tenemos que hacer es aceptarnos con nuestras virtudes y nuestros defectos, de forma que nos mostremos tal como somos, presentándonos ante los demás de la forma más aproximada a nuestra esencia real.
La red minimiza muchos aspectos de nuestra personalidad -bien porque los camuflamos intencionadamente o bien porque, a priori, resultan más irrelevantes-. Pero que no se perciban a simple vista, no implica que no estén ahí. Por eso es muy importante cuidar cada detalle de lo que hacemos, decimos y compartirmos, tratando de mantener la visión objetiva de nuestra realidad y no caer en el error de atender a los cantos de sirena de la vanidad y las falsas ilusiones.
La búsqueda de la relevancia, del prestigio social, del éxito... puede llevarnos a perder el rumbo de nuestra identidad digital, adentrándonos en un mundo de irrealidad de difícil justificación. Me canso de repetir -y de repetirme- que la vida real está ahí fuera; que la trascendencia de lo que hacemos y decimos en la red, tarde o temprano nos pasará factura; que cada detalle de lo que somos, tarde o temprano, contará... y mucho.
La implementación en nuestras vidas de lo denominado 2.0, es un hecho. La portabilidad del mundo digital ha permitido su integración de facto en nuestra vida cotidiana.
Hemos llegado a ese punto en el que nuestras realidades analógica y digital -por decirlo de alguna manera-, se desarrollan de forma sincronizada y a tiempo real. Ambos entornos forman parte de nuestra identidad, y ambos interactúan cada vez más entre sí.
Se está produciendo, además, una asimilación de esta nueva realidad de forma rapidísima. Las cosas ya no adquieren valor de forma sesgada, a uno u otro lado de la pantalla, sino que lo hacen de forma simultánea en ambos campos. Hablar de lo que vemos, leemos o experimentamos en la red, forma parte de nuestro argumentario habitual de conversación y es percibido como algo natural... Y , lo mismo ocurre si se plantea a la inversa. La información fluye hoy de forma no traumática en ambas direcciones, lo que es una buena muestra de esa sintonía unificada.
En el ámbito de las marcas ocurre algo parecido. La tendencia inicial de 'diferenciarse' por incorporar lo 2.0 a la comunicación, ha dado paso a una postura mucho más racional, lógica e integradora.
Ya no se es diferente, singular o relevante por estar en la red, sino que ahora ese entorno es asumido como un canal más. Y, si lo utilizamos, debemos trabajar la comunicación de forma muy profunda para conseguir la relevancia anhelada...
Vamos, tal y como venía ocurriendo con el resto de medios tradicionales: o lo hacemos bien, o no destacamos como es debido.
Y, lo mismo pasa a la inversa. Aquellas marcas que son 'digitales' -que nacen y crecen como marcas que se desarrollan exclusivamente en internet-, ahora pueden exponerse y comunicar con naturalidad -y sin tener que dar excesivas explicaciones- fuera de la red. Cada día es más habitual encontrarnos con ejemplos de ese salto cualitativo y cuantitativo en ambos planos de nuestra realidad cotidiana. Hablar de marcas de internet que se comunican a través de canales convencionales es algo comprensible. Ya no hay extrañeza, ni frikismos... simplemente, es percibido como algo normal.
Y esto es realmente importante para quienes trabajamos en el entorno de la comunicación de marca. Ahora, gracias a la normalización de la 'nueva realidad', ya no tenemos que perdernos en largas explicaciones a los clientes sobre las bondades de los nuevos medios y su oportunidad. Ahora podemos dedicarnos a lo que realmente importa, y que no es otra cosa que demostrar que, independientemente del medio, somo capaces de traducir a talento y creatividad los valores de nuestros clientes.
No se si esta nueva realidad para la comunicación ha sido una evolución o una involución... Pero, de lo que estoy convencido es que la normalización de la situación nos permitirá muchos menos conflictos en nuestro trabajo. Así que, bienvenida sea.
Hoy en día, todo el mundo habla, comunica, difunde, evangeliza... El mundo se ha convertido en una especie de caja de resonancia en la que los mensajes se suceden, se agolpan, se confunden...
Tanto es así, que tengo la sensación de que vivimos rodeados de ruido...
Una circunstancia que complica, aún más, la díficil tarea de comunicar y trascender, porque la acumulación de sonidos no deja espacio suficiente para los que vienen detrás.
Y también es muy complicado escuchar. Porque, hay tanto que percibir que, al final, todo nos suena a lo mismo. Vivimos rodeados de un zumbido constante, que nos acompaña y al que nos hemos acostumbrado, transformándose en una banda sonora homogénea y compacta, en la que los mensajes se reducen a fugaces melodías superpuestas que pierden -por pura acumulación- una gran parte de su sentido y valor.
Pero necesitamos hacernos oír, y las circunstancias nos obligan a poner en valor nuestras ideas a través de la estridencia de un grito. La realidad nos obliga a situar nuestro mensaje sobre una plataforma acústica estridente y diferencial, que rompa el monocorde zumbido mediático, y rescate del letargo alienante en el que están inmersos nuestros interlocutores.
Necesitamos emitir un grito que haga pensar, interiorizar los valores transmitidos. Un alarido que permita ahondar en la síntesis básica de las ideas, ilusiones, reclamaciones o críticas, y facilite que sean asumidas con todo su valor.
Hay mucho ruido. Y el famoso tópico de que la publicidad tiene que ser como 'un puñetazo en el ojo', encuentra su versión acústica a través del berrido creativo.
Pero, no nos confundamos. El grito es un recurso que tiene una enorme escala de volúmenes, de tonos agudos, medios y graves sobre los que componer una partitura creativa y singular.
No debemos olvidar que el grito explícito es algo sencillo de plantear... lo difícil es conseguir que se transforme en melodía.
Porque, para plantear la reflexión de hoy, no es necesario un exceso de verborrea, ni de justificaciones excesivas...
Porque las emociones encontradas no suelen entender de matices...
Porque los que vivimos este mundo de la publicidad, la comunicación y las marcas sabemos de sobra que en nuestro trabajo, pasar del amor al odio es una cuestión de minutos, incluso de segundos...
Porque de publicidad todo el mundo sabe, pero pocos conocen lo costoso que resulta hacer una buena campaña...
Porque en este negocio, todo es para 'ayer', y no tengo mucho tiempo para escribir este post.
Y porque, incluso, hay veces que el esfuerzo puede llegar a tener su recompensa... O, al menos, eso me han dicho.
Por eso, seré breve...
Porque, a pesar de todo, amo mi trabajo... Aunque, en ocasiones me encantaría mandarlo a hacer puñetas.
Joep van Osches un realizador holandés que decidió rodar un cortometraje en el que relata el proceso de eliminación de su perfil en Facebook. No se trata de un documental sobre la forma de hacerlo, ni mucho menos, sino que se centra en evidenciar las razones que justifican su decisión.
Lo absurdo de muchas situaciones, la irrealidad manifiesta de los lazos emocionales establecidos y el hastío por un modelo de relación banal y tópica, componen las bases para un deprimente viaje al interior de la red social.
El ritmo cansino de la realización, al que se suma el cansino tono que narra el monólogo subjetivo del protagonista, permiten recrear un hipercansino entorno que invita a eliminar el vídeo de tu vista... Tanto es así, que si esperas demasiado a hacerlo, correrás el riesgo de deprimirte y caer en la tentación de borrar para siempre tu perfil en Facebook.
Es posible que a este muchacho no le falten razones para suicidar su perfil, pero la forma que ha elegido para contarlo es tan espesa que, si no se suicida -digitalmente hablando, por su puesto-, seguro que más de uno lo hubiese borrado de su perfil.
Viendo cómo se manejan en esto de la comunicación 2.0 , y asombrado por la facilidad con que se se adaptan a los cambios tecnológicos, uno llega a pensar que los denominados 'nativos digitales' vienen con un gen evolutivo de serie, que los que somos algo más maduros, por desgracia, no tenemos.
Es una delicia comprobar la enorme facilidad con que se desenvuelven en los diferentes ámbitos de la comunicación on line y la gran capacidad prospectiva que demuestran a la hora de aprovechar sus posibilidades.
Por eso, no estoy nada de acuerdo con quienes aseguran que los nativos digitales son meros consumidores de productos tecnológicos, que no muestran ningún interés en involucrarse en los procesos evolutivos de los mismos...
Porque, eso no es así -al menos, de forma tan taxativa-.
Hablamos de una generación joven, extremadamente joven, que ha nacido en mitad de un proceso de transformación paradigmático a todos los niveles. Forman parte de un futuro que ineludiblemente será suyo, y que será su responsabilidad afrontarlo cuando se convierta en su presente.
Pero cada cosa, a su tiempo. Ahora, nuestros hijos (esos jóvenes sobradamente digitalizados)atraviesan una fase de socialización, de aprendizaje y de acumulación de emociones y experiencias. Un proceso que, paradógicamente, también estamos atravesando los que somos más mayores y queremos adecuarnos a los nuevos tiempos, buceando en el proceloso mundo de lo 2.0. y la tecnología. Pero, a pesar de coincidir en el proceso, las responsabilidades no son las mismas.
El futuro es de los jóvenes, pero el presente nos toca trabajarlo a nosotros. Ellos nos llevan ventaja en el manejo de las herramientas y en la asimilación de los nuevos entornos, pero la responsabilidad de definir los valores esenciales sobre los que se debe asentar el presente -y que serán nuestro legado para el desarrollo futuro- es una responsabilidad de quienes ahora ocupan los cargos de decisión, y no sólo política.
Esta generación emergente, capacitada, rebelde y digitalizada forma parte del cambio. Ellos son el cambio. Y, aunque lo sean de una manera inconsciente, forman parte muy activa en el proceso de transformación.
Desde la eclosión de lo 2.0, ellos marcan el timing y la tendencia. Su carácter empírico -innato a quienes buscan siempre lo nuevo- se ha convertido en un motor de transformación. Porque ellos son los gestores de la nueva comunicación del diálogo y la interacción. Ellos son/fueron los primeros prosumidores, que opinan e inciden en las estrategias de las marcas. Ellos validan las iniciativas que emergen en todos los campos de la red... Porque ellos están aquí para quedarse.
Cada cosa a su tiempo. De momento, la tracción del cambio sigue siendo responsabilidad de los 'dinosaurios digitales'... Aunque, me temo que será por poco tiempo, porque nuestros jóvenes cada vez andan más deprisa y nosotros corremos cada vez más despacio.
La prisa es mala consejera... Y más, si se trata de realizar un viaje a través de un medio frenético como internet.
Basta comprobar el ritmo que lleva la información en Twitter, para hacernos una idea de que el consumo masivo de contenidos puede derivar en un proceso de depreciación del tiempo para la reflexión.
El usuario de las nuevas plataformas de comunicación corre el riesgo de adquirir el mal hábito de zapear a través de los contenidos, lo que puede llevarle a una total ausencia de análisis y reflexión profunda. El aprendizaje informal -un procedimiento válido si se realiza de forma estructurada- se erige hoy como un camino muy interesante para el desarrollo de la formación permanente. Ahora bien, la excesiva velocidad a la que se accede a los contenidos, dificulta enormemente la posibilidad de 'parar y reflexionar' sobre cada uno de ellos. Y así, corremos el riesgo de caer en el error de centrarnos en lo superficial y no aprovechar el verdadero valor de lo que subyace detrás.
Ese mismo frenesí parece haber calado en muchas marcas que se plantean acceder al nuevo formato de comunicación. Porque, la sensación de velocidad, o la aparente inmediatez, con la que parece se suceden las cosas, se transforma en una impaciencia endémica que pone en peligro las imprescindibles estrategias de marca.
'Roma no se creó en un día', un hecho histórico constatable que define una realidad deseable a la hora de plantear las bases de nuestros proyectos.
La creación de marca es un proceso que exige estrategia, planificación, disciplina, constancia y paciencia. Y, trasladar ese proceso al entorno de la comunicación 2.0 no va por un camino diferente. Saber escuchar, razonar sobre lo que vemos y oímos, aprender sobre los aspectos fundamentales que rigen el entorno en el que nos movemos, conocer a los interlocutores, detectar las fuentes de información fiables, determinar los valores emocionales que favorezcan la generación de corrientes de empatía... son algunos de los pasos ineludibles en ese proceso de creación.
Y, para eso hace falta calma, templanza, paciencia... Es imprescindible desarrollar una nueva capacidad -personal y colectiva- que permita ralentizar lo suficiente los procesos, con el fin de conseguir el tiempo necesario para el análisis y la reflexión. Hay que ganarle tiempo al tiempo, para poder 'estructurar y digerir' la información, y aprovecharla y adaptarlaadecuadamente a nuestro perfil de marca.
Cada cosa a su tiempo. Y si no somos capaces de verlo así, seguramente iremos cada día más rápido, aunque lo haremos sin saber por qué nos movemos y sin conocer el destino al que nos dirigimos.
La prisa es mala consejera, así que lo mejor será que empecemos a vestirnos... pero despacio.
Campaña: 'Bacardi Tue Originals. Buscando al mejor camarero del mundo'
Un arquetipo es un modelo o ejemplo de ideas o conocimiento del cual se derivan otros tantos para modelar los pensamientos y actitudes propias de cada individuo, de cada conjunto, de cada sociedad, incluso de cada sistema.
El estereotipo es una imagen trillada y con pocos detalles acerca de un grupo de gente que comparte ciertas cualidades, características y habilidades.
El big bang es una buena teoría para explicar el origen del cosmos y, por ende, de nuestra propia realidad... Ahora bien, la razón nos impulsa a pensar en ese infinito bucle que se establece si tratamos de ahondar en la síntesis inicial de ese origen, y que nos lleva hacia esa pregunta infinita sobre el principio del principio.
Dejando a un lado estas dudas filosóficas -más que nada, porque no me siento capaz de buscar una respuesta-, hoy me gustaría plantear una reflexión en torno a la génesis sobre la que se asienta una marca.
A diferencia del cosmos infinito que nos rodea, las marcas tienen un momento finito y tangible que marca su inicio vital -al menos en teoría-. Por suerte, el cataclismo sobre el que se generan es indudablemente, menos fantástico y más cercano a la comprensión humana, y nos permite tangibilizar su razón de ser y sus objetivos aspiracionales.
Es bueno saber que, si nos vamos a lanzar a la aventura de la creación de una marca, tendremos que tener muy presente la definición arquetípica sobre la que asentaremos nuestro valor. Tendremos que plantear la esencia que defina la realidad perceptible de la misma y, al mismo tiempo, plantear una escala de valores abierta que permita la interpretación subjetiva y evolutiva por parte de aquellos a los que la dirigimos.
Una marca es un ente vivo, dinámico y permeable. O, al menos debiera serlo, si queremos que sobreviva y trascienda al ritmo del tiempo. La marca nace y se hace, configurándose como una referencia sobre la que proyectar los deseos del público. La 'perfección de una marca' es una meta compleja -y seguramente inalcanzable- porque obliga a sus creadores a convertir su imagen generalista en una referencia individual, en un interlocutor individualizado y adaptado a cada persona.
El mensaje de marca debe dirigirse desde una perspectiva de 'tú a tú', configurando un escenario de relación con el público basado en la empatía. Y, para conseguirlo, la marca segmenta, divide, agrupa y transforma 'el todo' en una selección parcelada de interlocutores.
Esta fórmula de segmentación, característica en la comunicación desde sus orígenes, alcanza hoy un estadío mucho más complejo. La tradicional segmentación por sexo, edad, raza, ubicación, etc., se transforma ahora en una selección de públicos a través de sus valores emocionales compartidos. La individualización del mensaje se manifiesta como un alegato de afirmación colectiva, en el que 'cada estereotipo se transforma en una especie de arquetipo emocional', provocando una reacción en cadena de afiliación, en la que cada uno -aparentemente de manera individual- compone la esencia del 'todo'.
Llegamos aquí a una nueva fase, en la que la marca se convierte en dinamizadora de las apreciaciones subjetivas, de la percepción emocional y de la respuesta del usuario, que modulan y modifican la propia esencia de la marca y la transforman en un nuevo arquetipo.
Llegados a este punto, en el que la incidencia de la aportación del público es tan grande, podemos asegurar que la marca nace cada día, creciendo y transformándose al ritmo de las emociones compartidas por un público proactivo... Tanto es así, que cabe preguntarnos quién crea realmente las marcas.: los que la proponen, o los que la disponen... Porque, yo no lo tengo tan claro.