Es poco habitual que la personalidad de quienes están detrás de las grandes, medianas y pequeñas campañas publicitarias trascienda del propio ámbito de las agencias. La imagen idealizada de los directores creativos o de los directores de arte, es más una visión tópica creada por el imaginario de un público al que, normalmente, le importa un comino quién es el autor de tal o cual anuncio.
¿Estudias o diseñas?... Aquella frase mítica de antaño, con la que se rompían -o se trataban de romper- los muros que nos separaban del éxito, o del fracaso, a la hora de ligar con una chica en la barra de un bar, no es sino una pequeña muestra del vago (y tópico) recuerdo de la aureola de glamour que rodea la profesión publicitaria.
Trabajar como creativo, ejecutivo o arte en una agencia es apasionante... Pero, no hay que confundir el apasionamiento con la simplicidad. Trabajar en este mundo de la creatividad pagada es mucho más duro que lo que puede parecer: horas de desvelo, campañas que se atascan, clientes que no ven, clientes que no quieren ver, secretarias que deciden campañas, ejecutivos al borde de un ataque de nervios o éxitos que no son ni siquiera agradecidos, son algunos aspectos "desconocidos de nuestra profesión", y cuya difusión pública podría terminar echando por tierra el mito que rodea a las agencias.
Por norma general, trabajar en publicidad significa renunciar al glamour mediático. Supone incorporarse a un mundo que gira en torno a si mismo y que trasciende públicamente en contadas ocasiones, para luego perderse rápidamente en el olvido. Estoy convencido de que el 99'9% de la población no sólo no conoce el nombre de un director creativo, sino que tampoco sería capaz de dar el nombre de una sola agencia publicitaria.
No somos nadie... Y no lo somos, a pesar de que una persona recibe cerca de 3.000 impactos publicitarios al día. Prácticamente acosamos a la gente; bombardeamos sus vidas con nuestros mensajes, pero no nos conocen...¡Qué duro golpe a nuestra vanidad profesional!
Pero no pasa nada. Como la gente pasa de nosotros, los publicitarios nos buscamos la manera de autoagasajarnos, autoproclamarnos y reivindicarnos, creando esos exclusivos eventos que dan sentido a nuestras vidas: los Festivales y sus Premios.
Se acabó el sufrir permanentemente nuestro anonimato. Ahora ya tenemos una excusa para darnos a conocer. Tanto es así, que el furor por lograr el reconocimiento ¿público? nos ha llevado a una situación paradógica, en la que si no tienes un Sol o un León no eres nadie en la profesión... Y yo que pensaba que el triunfo de una agencia era lograr que sus clientes vendieran más...
Pero según parece, los festivales también están atravesando por un momento de crisis... Las dudas sobre su "legitimidad" o su "objetividad" han puesto en quiebra este sistema de promoción de agencias. Así que toca buscar una nueva manera de reivindicar la profesión... Y qué mejor que convertir a los profesionales de la publicidad en protagonistas de la historia. Campañas que hablan de campañas, virales que ponen a prueba a los currelas de la publicidad, y les sitúan en el disparadero mediático...
Por fin, las agencias hemos descubierto el filón de hacer publicidad de la publicidad, promocionando desde el seno mismo de nuestros estudios los valores que nos definen, lanzándonos a la arena y poniendo en carne de anuncio nuestras propuestas... Surgen los Ristos y los Mejides -esa versión del creativo con un alter ego en forma de producto-, los virales de marca publicitaria, los jamones con esencia de manzana, los realitys dirigidos por magnates de la comunicación, los vídeos grabados con cámara oculta que destripan el fondo de armario de las agencias...
Buscamos la trascendencia que nos reivindique y nos posicione... Cualquier excusa es buena para hacerlo, y en ello estamos. Dibujamos un mundo -el nuestro- a medida de nuestras ilusiones, o a medida de la personalidad que nos gustaría tener. Podemos y queremos transgredir los límites, porque estamos en nuestra casa, y aquí mandamos nosotros... Pero, tengo serias dudas de que lo estemos haciendo bien.
Creo que ya va siendo hora de que reivindiquemos nuestra realidad, pero de verdad. Ya va siendo hora de que transmitamos la esencia de un trabajo cuya realidad diaria es, ante todo, poco glamourosa.
Un trabajo mal pagado -en la mayoría de los casos-, ingrato de digerir (debido a sus elevados niveles de implicación y exigencia personal), poco valorado normalmente, y sujeto a un sistema de concursística planteado por muchos clientes e instituciones, que nos obliga a competir entre nosotros a cambio de muy poco (o de nada), son algunos aspectos que conforman una gran parte de nuestra realidad. Una realidad que en nada se parece a los mundos de yupi que solemos vender.
Y, aunque parezca raro, esa es precisamente la parte que debiéramos transmitir (la chunga), y así tratar de obtener la relevancia que realmente necesitamos: conseguir el respeto público por un trabajo apasionante, pero francamente duro y muy complejo.
El valor de una gran idea no tiene precio o, al menos, es difícilmente cuantificable. Y el jugueteo con una imagen excesivamente frivolizada del sector, no favorece en absoluto que la percepción sobre el valor de lo que hacemos sea la más adecuada.
Seamos consecuentes y defendamos nuestro valor con la seriedad que merece el empeño, porque en ello va nuestro sustento... Y mientras el reconocimiento llega -si es que tiene que llegar-, reconfortémonos en soledad con el orgullo de hacer bien nuestro trabajo, tomar como propia la recompensa que supone hacer que nuestros clientes alcancen el éxito y celebrar la suerte de cobrar por ello -si toca-.
¿Estudias o diseñas?... Aquella frase mítica de antaño, con la que se rompían -o se trataban de romper- los muros que nos separaban del éxito, o del fracaso, a la hora de ligar con una chica en la barra de un bar, no es sino una pequeña muestra del vago (y tópico) recuerdo de la aureola de glamour que rodea la profesión publicitaria.
Trabajar como creativo, ejecutivo o arte en una agencia es apasionante... Pero, no hay que confundir el apasionamiento con la simplicidad. Trabajar en este mundo de la creatividad pagada es mucho más duro que lo que puede parecer: horas de desvelo, campañas que se atascan, clientes que no ven, clientes que no quieren ver, secretarias que deciden campañas, ejecutivos al borde de un ataque de nervios o éxitos que no son ni siquiera agradecidos, son algunos aspectos "desconocidos de nuestra profesión", y cuya difusión pública podría terminar echando por tierra el mito que rodea a las agencias.
Por norma general, trabajar en publicidad significa renunciar al glamour mediático. Supone incorporarse a un mundo que gira en torno a si mismo y que trasciende públicamente en contadas ocasiones, para luego perderse rápidamente en el olvido. Estoy convencido de que el 99'9% de la población no sólo no conoce el nombre de un director creativo, sino que tampoco sería capaz de dar el nombre de una sola agencia publicitaria.
No somos nadie... Y no lo somos, a pesar de que una persona recibe cerca de 3.000 impactos publicitarios al día. Prácticamente acosamos a la gente; bombardeamos sus vidas con nuestros mensajes, pero no nos conocen...¡Qué duro golpe a nuestra vanidad profesional!
Pero no pasa nada. Como la gente pasa de nosotros, los publicitarios nos buscamos la manera de autoagasajarnos, autoproclamarnos y reivindicarnos, creando esos exclusivos eventos que dan sentido a nuestras vidas: los Festivales y sus Premios.
Se acabó el sufrir permanentemente nuestro anonimato. Ahora ya tenemos una excusa para darnos a conocer. Tanto es así, que el furor por lograr el reconocimiento ¿público? nos ha llevado a una situación paradógica, en la que si no tienes un Sol o un León no eres nadie en la profesión... Y yo que pensaba que el triunfo de una agencia era lograr que sus clientes vendieran más...
Pero según parece, los festivales también están atravesando por un momento de crisis... Las dudas sobre su "legitimidad" o su "objetividad" han puesto en quiebra este sistema de promoción de agencias. Así que toca buscar una nueva manera de reivindicar la profesión... Y qué mejor que convertir a los profesionales de la publicidad en protagonistas de la historia. Campañas que hablan de campañas, virales que ponen a prueba a los currelas de la publicidad, y les sitúan en el disparadero mediático...
Por fin, las agencias hemos descubierto el filón de hacer publicidad de la publicidad, promocionando desde el seno mismo de nuestros estudios los valores que nos definen, lanzándonos a la arena y poniendo en carne de anuncio nuestras propuestas... Surgen los Ristos y los Mejides -esa versión del creativo con un alter ego en forma de producto-, los virales de marca publicitaria, los jamones con esencia de manzana, los realitys dirigidos por magnates de la comunicación, los vídeos grabados con cámara oculta que destripan el fondo de armario de las agencias...
Buscamos la trascendencia que nos reivindique y nos posicione... Cualquier excusa es buena para hacerlo, y en ello estamos. Dibujamos un mundo -el nuestro- a medida de nuestras ilusiones, o a medida de la personalidad que nos gustaría tener. Podemos y queremos transgredir los límites, porque estamos en nuestra casa, y aquí mandamos nosotros... Pero, tengo serias dudas de que lo estemos haciendo bien.
Creo que ya va siendo hora de que reivindiquemos nuestra realidad, pero de verdad. Ya va siendo hora de que transmitamos la esencia de un trabajo cuya realidad diaria es, ante todo, poco glamourosa.
Un trabajo mal pagado -en la mayoría de los casos-, ingrato de digerir (debido a sus elevados niveles de implicación y exigencia personal), poco valorado normalmente, y sujeto a un sistema de concursística planteado por muchos clientes e instituciones, que nos obliga a competir entre nosotros a cambio de muy poco (o de nada), son algunos aspectos que conforman una gran parte de nuestra realidad. Una realidad que en nada se parece a los mundos de yupi que solemos vender.
Y, aunque parezca raro, esa es precisamente la parte que debiéramos transmitir (la chunga), y así tratar de obtener la relevancia que realmente necesitamos: conseguir el respeto público por un trabajo apasionante, pero francamente duro y muy complejo.
El valor de una gran idea no tiene precio o, al menos, es difícilmente cuantificable. Y el jugueteo con una imagen excesivamente frivolizada del sector, no favorece en absoluto que la percepción sobre el valor de lo que hacemos sea la más adecuada.
Seamos consecuentes y defendamos nuestro valor con la seriedad que merece el empeño, porque en ello va nuestro sustento... Y mientras el reconocimiento llega -si es que tiene que llegar-, reconfortémonos en soledad con el orgullo de hacer bien nuestro trabajo, tomar como propia la recompensa que supone hacer que nuestros clientes alcancen el éxito y celebrar la suerte de cobrar por ello -si toca-.







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